Manadas

A los hombres les gusta hablar de las mujeres. Así no tienen que hablar sobre sí mismos. ¿Cómo se explica que en los últimos treinta años ningún hombre haya producido un texto innovador sobre la masculinidad? Ellos que son tan locuaces y tan competentes cuando se trata de disertar sobre las mujeres, ¿cómo se explica ese silencio con respecto a sí mismos? Porque sabemos que cuanto más hablan, menos dicen. Sobre lo esencial, lo que tienen realmente en la cabeza. ¿Quizá quieren que seamos ahora nosotras las que hablemos de ellos? ¿Querrán, por ejemplo, que digamos qué es lo que pensamos nosotras, desde fuera, de sus violaciones colectivas? Diremos que ellos quieren verse follando entre ellos, mirarse las pollas los unos a los otros, empalmarse juntos, diremos que tienen ganas de metérsela entre ellos por el culo. Diremos que de lo que tienen ganas, realmente, es de follar entre ellos. A los hombres les gustan los hombres. Nos explican todo el rato cuánto les gustan las mujeres, pero todas sabemos que no son más que palabras. Se quieren entre hombres. Se follan unos a otros a través de las mujeres, muchos de ellos piensan en sus amigos mientras la meten en un coño. Se miran a sí mismos en el cine, se dan los mejores papeles, se sienten potentes, fanfarronean, alucinan de ser tan fuertes, tan guapos y de tener tanto valor. Escriben unos para otros, se felicitan mutuamente, se apoyan. Tienen razón. Pero de tanto escucharles quejarse de que las mujeres no follan bastante, de que no les gusta tanto el sexo como haría falta, de que no entienden nada, acabamos preguntándonos: ¿a qué esperan para darse por el culo los unos a los otros? Venga. Si eso os puede devolver la sonrisa, entonces es que está bien, Pero entre las cosas que les han inculcado bien está el miedo de ser marica, la obligación de que les gusten las mujeres. Así que se comportan. Refunfuñan, pero obedecen. Y de paso, furiosos por tener que someterse, le dan un par de hostias a una o dos chicas.

Reality is disappearing.

The disappearance of God has left us facing reality and the ideal prospect of transforming this real world. And we have found ourselves confronted with the undertaking of realizing the world, of making it become technically, integrally real.

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Now, the world, even freed from all illusion, does not lend itself at all to reality. The more we advance in this undertaking, the more ambiguous it becomes, the more it loses sight of itself. Reality has barely had time to exist and already it is disappearing…

It is the excess of reality that makes us stop believing in it. The saturation of the world, the technical saturation of life, the excess of possibilities, of actualization of needs and desires. How are we to believe in reality once its production has become automatic?

The real is suffocated by its own accumulation. There is no way now for the dream to be an expression of a desire since its virtual accomplishment is already present.

Deprivation of dreams, deprivation of desire. And we know what mental disorder sleep deprivation induces.

Deep down, the problem is the same as with the ‘accursed share’: the problem of the surplus – not the lack, but the excess of reality – of which we no longer know how to rid ourselves.

There is no longer any symbolic resolution, by sacrifice, of the surplus, except in accidents or by the irruption of an anomic violence which, whatever its social or political determinations, is always a challenge to this irresistible objective constraint of a normalized world.

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The eclipse of God left us up against reality. Where will the eclipse of reality leave us?