Class struggle revisited.

In the rarified air that was pumped into the Concorde Room, there nonetheless hovered a hint of something troubling: the implicit suggestion that the three traditional airline classes represented nothing less than a tripartite division of society according to people’s genuine talents and virtues. Having abolished the caste systems of old and fought to ensure universal access to education and opportunity, it seemed that we might have built up a meritocracy that had introduced an element of true justice into the distribution of wealth as well as poverty. In the modern era, destitution could therefore be regarded as not merely pitiable but deserved. The question of why, if one was in any way talented or adept, one was still unable to earn admittance to an elegant lounge was a conundrum for all economy airline passengers to ponder in the privacy of their own minds as they perched on hard plastic chairs in the overcrowded and chaotic public waiting areas of the world’s airports.

The West once had a powerful and forgiving explanation for exclusion from any sort of lounge: for two thousand years Christianity rejected the notion, inherent in the modern meritocratic system, that virtue must inevitably usher in material success. Jesus was the highest man, the most blessed, and yet throughout his earthly life he was poor, thus by his very example ruling out any direct equation between righteousness and wealth. the Christian story emphasized that, however apparently equitable our educational and commercial infrastructures might seem, random factors and accidents would always conspire to wreck any neat alignment between hierarchies of wealth on the one hand and virtue on the other. According to St Augustine, only God himself knew what each individual was worth, and He would not reveal that assessment before the time of the Last Judgement, to the sound of thunder and the trumpets of angels – a phantasmagorical scenario for non-believers, but helpful nevertheless in reminding us to refrain from judging others on the basis of a casual look at their tax returns.

The Christian story has neither died out nor been forgotten. That it continues even now to scratch away at meritocratic explanations of privilege was made clear to me when, after a copious lunch rounded off by a piece of chocolate cake with passionfruit sorbet, an employee called Reggie described for me the complicated set of circumstance that had brought her to the brutally decorated staff area of the Concorde Room from a shantytown outside Puerto Princesa in the Philippines. Our preference for the meritocratic versus the Christian belief system will in the end determine how we decide to interpret the relative standing of a tracksuited twenty-seven-year-old entrepreneur reading the Wall Street Journal by a stone-effect fireplace while waiting to board his fight to Seattle, against that of a Filipina cleaner whose job it is to tour the bathrooms of an airline’s first-class lounge, swabbing the shower cubicles of their diverse and ever-changing colonies of international bacteria.

Unerring prophecies.

So common is the pattern of the self-fulfilling prophecy that each of us has his favored specimen. Consider the case of the examination neurosis. Convinced that he is destined to fail, the anxious student devotes more time to worry than to stufy and then turns in a poor examination. The initial fallacious anxiety is transformed into an entirely justified fear. Or it is believed that war between two nations is inevitable. Actuated by this conviction, representatives of the two nations become progresively alienated, apprehensively countering each "offensive" move of the other with a "deffensive" move of their own. Stockpiles of armaments, raw materials, and armed men grow larger, and eventually the anticipation of war helps create the actuality.

The self-fulfilling prophecy is, in the beginning, a false definition of the situation evoking a new behavior which makes the originally false conception come true. The specious validity of the self-fulfilling prophecy perpetuates a reign of error. For the prophet will cite the actual course of events as proof that he was right from the very beginning.

(...)

The initial definition of the situation which has set the circle in motion must be abandoned. Only when the original assumption is questioned and a new definition of the situation introduced, does the consequent flow of events give the lie to the assumption. Only then does the belief not father the reality.

Joe Save the Queen.

Blas continúa sin oírle y opta por sonreír. Ésa es siempre una respuesta inteligente. Llama a Carmen, que está canturreando en la cocina, y le pide que les traiga otra vez la botella de anís. Juan rechaza la invitación y Blas, que debe de ser un poco brujo, adivina que su joven huésped está pensando en venenos. Se queda un momento en silencio y luego le explica que las hormigas, aparte de tener las mandíbulas muy afiladas, están equipadas con venenos mortales.

Dice también que los hormigueros están siempre en estado de guerra, sobre todo cuando la comida escasea, que las hormigas lo dan todo por la patria y que sólo las reinas están en condiciones de quedar preñadas.

Es la primera vez en su vida que Juan oye decir que las hormigas tienen también una patria y, sobre todo, que pueden quedar preñadas, como si fuesen yeguas. Lo más importante, de todos modos, es que ha entendido lo que Blas ha querido decirle: las reinas son las únicas hembras en todo el hormiguero que pueden asegurar la continuidad de la especie.

-Son también las únicas que tienen alas -añade el viejo.

Se trata de una información muy valiosa que algún día puede serle de utilidad, pero Juan se disculpa con una sonrisa y vuelve a pasarse la mano por la frente, como limpiándose el sudor, para dar a entender al viejo que lo único que le interesa es meterse debajo de la ducha.

Cuando vuelve a su habitación, sin embargo, continúa pensando todavía en las mandíbulas de las hormigas.

Hay algo seguro -piensa, mientras el agua cae con fuerza por el pecho y por la espalda hacia las piernas-. Esas reinas no podrían reproducirse si no fuese por los proletarios que las fecundan.

Raise your left fist!

De aquel hombre me acuerdo y no han pasado
sino dos siglos desde que lo vi,
no anduvo ni a caballo ni en carroza:
a puro pie
deshizo
las distancias
y no llevaba espada ni armadura,
sino redes al hombro,
hacha o martillo o pala,
nunca apaleó a ninguno de su especie:
su hazaña fue contra el agua o la tierra,
contra el trigo para que hubiera pan,
contra el árbol gigante para que diera leña,
contra los muros para abrir las puertas,
contra la arena construyendo muros
y contra el mar para hacerlo parir.

Lo conocí y aún no se me borra.

Cayeron en pedazos las carrozas,
la guerra destruyó puertas y muros,
la ciudad fue un puñado de cenizas,
se hicieron polvo todos los vestidos,
y él para mí subsiste,
sobrevive en la arena,
cuando antes parecía
todo imborrable menos él.

En el ir y venir de las familias
a veces fue mi padre o mi pariente
o apenas si era él o si no era
tal vez aquel que no volvió a su casa
porque el agua o la tierra lo tragaron
o lo mató una máquina o un árbol
o fue aquel enlutado carpintero
que iba detrás del ataúd, sin lágrimas,
alguien en fin que no tenía nombre,
que se llamaba metal o madera,
y a quien miraron otros desde arriba
sin ver la hormiga
sino el hormiguero
y que cuando sus pies no se movían,
porque el pobre cansado había muerto,
no vieron nunca que no lo veían:
había ya otros pies en donde estuvo.

Los otros pies eran él mismo,
también las otras manos,
el hombre sucedía:
cuando ya parecía transcurrido
era el mismo de nuevo,
allí estaba otra vez cavando tierra,
cortando tela, pero sin camisa,
allí estaba y no estaba, como entonces,
se había ido y estaba de nuevo,
y como nunca tuvo cementerio,
ni tumba, ni su nombre fue grabado
sobre la piedra que cortó sudando,
nunca sabía nadie que llegaba
y nadie supo cuando se moría,
así es que sólo cuando el pobre pudo
resucitó otra vez sin ser notado.

Era el hombre sin duda, sin herencia,
sin vaca, sin bandera,
y no se distinguía entre los otros,
los otros que eran él,
desde arriba era gris como el subsuelo,
como el cuero era pardo,
era amarillo cosechando trigo,
era negro debajo de la mina,
era color de piedra en el castillo,
en el barco pesquero era color de atún
y color de caballo en la pradera:
cómo podía nadie distinguirlo
si era el inseparable, el elemento,
tierra, carbón o mar vestido de hombre?

Donde vivió crecía
cuanto el hombre tocaba:
la piedra hostil
quebrada
por sus manos,
se convertía en orden
y una a una formaron
la recta claridad del edificio,
hizo el pan con sus manos,
movilizó los trenes,
se poblaron de pueblos las distancias,
otros hombres crecieron,
llegaron las abejas,
y porque el hombre crea y multiplica
la primavera caminó al mercado
entre panaderías y palomas.

El padre de los panes fue olvidado,
él que cortó y anduvo, machacando
y abriendo surcos, acarreando arena,
cuando todo existió ya no existía,
él daba su existencia, eso era todo.
Salió a otra parte a trabajar, y luego
se fue a morir rodando
como piedra del río:
aguas abajo lo llevó la muerte.

Yo, que lo conocí, lo vi bajando
hasta no ser sino lo que dejaba:
calles que apenas pudo conocer,
casas que nunca y nunca habitaría.

Y vuelvo a verlo, y cada día espero.

Lo veo en su ataúd y resurrecto .

Lo distingo entre todos
los que son sus iguales
y me parece que no puede ser,
que así no vamos a ninguna parte,
que suceder así no tiene gloria.
Yo creo que en el trono debe estar
este hombre, bien calzado y coronado.

Creo que los que hicieron tantas cosas
deben ser dueños de todas las cosas.

Y los que hacen el pan deben comer!

Y deben tener luz los de la mina!

Basta ya de encadenados grises!

Basta de pálidos desaparecidos!

Ni un hombre más que pase sin que reine.

Ni una sola mujer sin su diadema.

Para todas las manos guantes de oro.

Frutas del sol a todos lo oscuros!

Yo conocí a aquel hombre y cuando pude,
cuando ya tuve ojos en la cara,
cuando ya tuve la voz en la boca
lo busqué entre las tumbas, y le dije
apretándole un brazo que aún no era polvo:

"Todos se irán, tú quedarás viviente.
Tú encendiste la vida
Tú hiciste lo que es tuyo".

Por eso nadie se moleste cuando
parece que estoy solo y no estoy solo,
no estoy con nadie y hablo para todos:

Alguien me está escuchando y no lo saben
pero aquellos que canto y que lo saben
siguen naciendo y llenarán el mundo.