The absurdity of bias

Fort Leonard Wood, Missouri. The head shavers were civilians—a fat fuck and his women. The women had silver-blue permanents; there were two of them and they were awful. So was the fat fuck. It wasn’t enough for them that we had to pay them money for these haircuts that we were ordered to get; they talked shit to us too. They cut a kid’s head so it was bleeding pretty good and he let on that he minded and they said he was a sissy. They wanted to know if he was from San Fran-sissy-co. Then they cut another kid and the blood was running down and they thought it was funny. They didn’t get bored of it. They had special vacuum clippers that sucked the hair up as they cut. The suction pulled the scalp up into the blades; that was how come they drew blood so much. The fat fuck and his women had to talk real loud so they could hear themselves over the sucking sounds. I wished death upon them. Then we got a hundred fucking shots. We got all our Army stuff: uniforms, boots, helmets, shit like that. We took our papers with us everywhere. They signed our papers. This was in-processing. When we weren’t in-processing we sat in an auditorium and they taught us things: left face, right face, the Army song, whatever. When it was time to eat we acted like the food was really bad even though it wasn’t that bad. One kid said, “I’m a spook. That’s counterintelligence.” Another kid said, “I’m an eleven bravo.” That was infantry. But he couldn’t be an 11B because all the 11Bs went through at Fort Benning. Now we knew he was a liar. The group I came in with was B1, as in bravo one. That night another group came in, B2. We thought the B2s were decadent children. We said, “These bravo twos are ate-the-fuck-up.” We said, “They sure are.” The B2s thought we were weird losers. The mutual enmity between B1s and B2s lasted three days; then we were redistributed at random into three platoons called Alpha Company, and no one could remember who anyone was. The universal baldness made it difficult to recognize people. They packed us into cattle cars and we rode up the hill to boot camp.

«Ogilvy on advertising», the prequel.

After spending a few weeks getting a solid grounding in opinion research, Ogilvy accompanied Gallup to Hollywood. They pitched their services to the head of RKO studios, pointing out the competitive advantages of measuring the popularity of movie stars, pretesting audience acceptance of movie ideas and titles, and forecasting trends. RKO awarded them a twelve-month contract, and other studios soon followed suit, noting that David Selznick «took to ordering surveys the way other people order groceries.» Ogilvy admired Gallup immensely and gained a deep respect for the value of opinion research as a predictive tool in everything from marketing to politics. He found his time in Hollywood both entertaining and instructive and hobnobbed with some of the most famous movie stars of the day, almost all of whom he considered «repulsive egotists.» As a result of his audience research, Ogilvy discovered that certain marquee names had a negative effect on a picture's earnings, and he assembled a classified list he called «box office poison» that prematurely ended many a career. «There is no great trick to doing research,» Ogilvy later observed. «The problem is to get people to use it—particularly when the research reveals that you have been making mistakes.» Most people, he found, had "a tendency to use research as a drunkard uses a lamppost—for support, not for illumination.»

(…)

Stephenson had sent Fleming there in 1942 and had been impressed with how well he had come through the course, recalling that he was «top of his section,» though he lacked the killer's instinct, and had hesitated—a fatal error—during an exercise in which he was expected to «shoot a man in cold blood.» While the camp schooled secret agents, spies, and guerrilla fighters who went on to carry out BSC missions in enemy-occupied Europe and Asia, most of the people sent on the course with Ogilvy had been recruited to do intelligence or propaganda work, had backgrounds in journalism and foreign relations, and knew little or nothing about spycraft beyond the jobs they were doing at their typewriters. At Camp X, Ogilvy and his fellow trainees donned army fatigues designed to help maintain the facility's cover as a regular army base, and attended lectures on the new high technology of espionage, from the use of codes and ciphers to listening devices, and observed awe-inspiring demonstrations of silent killing and underwater demolitions. They also received some limited practice in how to use a handgun and shoot quickly and accurately without hesitation. «l was taught the tricks of the trade,» recalled Ogilyy. «How do you follow people without arousing their suspicion? Walk in front of them; if you also push a pram this will disarm their suspicions still further. I was taught to use a revolver, to blow up bridges and power lines with plastic, to cripple police dogs by grabbing their front legs and tearing their chests apart, and to kill a man with my bare hands.»

Fully expecting to be parachuted behind enemy lines, he was a little let down when Stephenson assigned him to desk duty.

Joe Save the Queen.

Blas continúa sin oírle y opta por sonreír. Ésa es siempre una respuesta inteligente. Llama a Carmen, que está canturreando en la cocina, y le pide que les traiga otra vez la botella de anís. Juan rechaza la invitación y Blas, que debe de ser un poco brujo, adivina que su joven huésped está pensando en venenos. Se queda un momento en silencio y luego le explica que las hormigas, aparte de tener las mandíbulas muy afiladas, están equipadas con venenos mortales.

Dice también que los hormigueros están siempre en estado de guerra, sobre todo cuando la comida escasea, que las hormigas lo dan todo por la patria y que sólo las reinas están en condiciones de quedar preñadas.

Es la primera vez en su vida que Juan oye decir que las hormigas tienen también una patria y, sobre todo, que pueden quedar preñadas, como si fuesen yeguas. Lo más importante, de todos modos, es que ha entendido lo que Blas ha querido decirle: las reinas son las únicas hembras en todo el hormiguero que pueden asegurar la continuidad de la especie.

-Son también las únicas que tienen alas -añade el viejo.

Se trata de una información muy valiosa que algún día puede serle de utilidad, pero Juan se disculpa con una sonrisa y vuelve a pasarse la mano por la frente, como limpiándose el sudor, para dar a entender al viejo que lo único que le interesa es meterse debajo de la ducha.

Cuando vuelve a su habitación, sin embargo, continúa pensando todavía en las mandíbulas de las hormigas.

Hay algo seguro -piensa, mientras el agua cae con fuerza por el pecho y por la espalda hacia las piernas-. Esas reinas no podrían reproducirse si no fuese por los proletarios que las fecundan.

Raise your left fist!

De aquel hombre me acuerdo y no han pasado
sino dos siglos desde que lo vi,
no anduvo ni a caballo ni en carroza:
a puro pie
deshizo
las distancias
y no llevaba espada ni armadura,
sino redes al hombro,
hacha o martillo o pala,
nunca apaleó a ninguno de su especie:
su hazaña fue contra el agua o la tierra,
contra el trigo para que hubiera pan,
contra el árbol gigante para que diera leña,
contra los muros para abrir las puertas,
contra la arena construyendo muros
y contra el mar para hacerlo parir.

Lo conocí y aún no se me borra.

Cayeron en pedazos las carrozas,
la guerra destruyó puertas y muros,
la ciudad fue un puñado de cenizas,
se hicieron polvo todos los vestidos,
y él para mí subsiste,
sobrevive en la arena,
cuando antes parecía
todo imborrable menos él.

En el ir y venir de las familias
a veces fue mi padre o mi pariente
o apenas si era él o si no era
tal vez aquel que no volvió a su casa
porque el agua o la tierra lo tragaron
o lo mató una máquina o un árbol
o fue aquel enlutado carpintero
que iba detrás del ataúd, sin lágrimas,
alguien en fin que no tenía nombre,
que se llamaba metal o madera,
y a quien miraron otros desde arriba
sin ver la hormiga
sino el hormiguero
y que cuando sus pies no se movían,
porque el pobre cansado había muerto,
no vieron nunca que no lo veían:
había ya otros pies en donde estuvo.

Los otros pies eran él mismo,
también las otras manos,
el hombre sucedía:
cuando ya parecía transcurrido
era el mismo de nuevo,
allí estaba otra vez cavando tierra,
cortando tela, pero sin camisa,
allí estaba y no estaba, como entonces,
se había ido y estaba de nuevo,
y como nunca tuvo cementerio,
ni tumba, ni su nombre fue grabado
sobre la piedra que cortó sudando,
nunca sabía nadie que llegaba
y nadie supo cuando se moría,
así es que sólo cuando el pobre pudo
resucitó otra vez sin ser notado.

Era el hombre sin duda, sin herencia,
sin vaca, sin bandera,
y no se distinguía entre los otros,
los otros que eran él,
desde arriba era gris como el subsuelo,
como el cuero era pardo,
era amarillo cosechando trigo,
era negro debajo de la mina,
era color de piedra en el castillo,
en el barco pesquero era color de atún
y color de caballo en la pradera:
cómo podía nadie distinguirlo
si era el inseparable, el elemento,
tierra, carbón o mar vestido de hombre?

Donde vivió crecía
cuanto el hombre tocaba:
la piedra hostil
quebrada
por sus manos,
se convertía en orden
y una a una formaron
la recta claridad del edificio,
hizo el pan con sus manos,
movilizó los trenes,
se poblaron de pueblos las distancias,
otros hombres crecieron,
llegaron las abejas,
y porque el hombre crea y multiplica
la primavera caminó al mercado
entre panaderías y palomas.

El padre de los panes fue olvidado,
él que cortó y anduvo, machacando
y abriendo surcos, acarreando arena,
cuando todo existió ya no existía,
él daba su existencia, eso era todo.
Salió a otra parte a trabajar, y luego
se fue a morir rodando
como piedra del río:
aguas abajo lo llevó la muerte.

Yo, que lo conocí, lo vi bajando
hasta no ser sino lo que dejaba:
calles que apenas pudo conocer,
casas que nunca y nunca habitaría.

Y vuelvo a verlo, y cada día espero.

Lo veo en su ataúd y resurrecto .

Lo distingo entre todos
los que son sus iguales
y me parece que no puede ser,
que así no vamos a ninguna parte,
que suceder así no tiene gloria.
Yo creo que en el trono debe estar
este hombre, bien calzado y coronado.

Creo que los que hicieron tantas cosas
deben ser dueños de todas las cosas.

Y los que hacen el pan deben comer!

Y deben tener luz los de la mina!

Basta ya de encadenados grises!

Basta de pálidos desaparecidos!

Ni un hombre más que pase sin que reine.

Ni una sola mujer sin su diadema.

Para todas las manos guantes de oro.

Frutas del sol a todos lo oscuros!

Yo conocí a aquel hombre y cuando pude,
cuando ya tuve ojos en la cara,
cuando ya tuve la voz en la boca
lo busqué entre las tumbas, y le dije
apretándole un brazo que aún no era polvo:

"Todos se irán, tú quedarás viviente.
Tú encendiste la vida
Tú hiciste lo que es tuyo".

Por eso nadie se moleste cuando
parece que estoy solo y no estoy solo,
no estoy con nadie y hablo para todos:

Alguien me está escuchando y no lo saben
pero aquellos que canto y que lo saben
siguen naciendo y llenarán el mundo.

Civil War

I penetrated the muddy alleys, making my way into houses that from the outside looked empty and abandoned. I was afraid. The houses were watched, and I was afraid of getting caught along with their inhabitants. Such a thing was possible, since they often made a sweep through a neighborhood or even a whole quarter of the town in search of weapons, subversive leaflets, or people from the old regime. All the houses were watching each other, spying on each other, sniffing each other out. This is civil war; this is what it's like. I sit down by the window, and immediately they say, "Somewhere else, sir, please. You're visible from the street. It would be easy to pick you off." A car passes, then stops. The sound of gunfire. Who was it? These? Those? And who, today, are "these," and who are the "those" who are against "these" just because they are "these"? The car drives off, accompanied by the barking of dogs. They bark all night. Addis Ababa is a dog city, full of pedigreed dogs running wild, vermin-eaten, with malaria and tangled hair. They caution me again, needlessly: no addresses, no names, don't say that he's tall, that he's short, that he's skinny, that his forehead this or his hands that. Or that his eyes, or that his legs, or that his knees... There's nobody left to get down on your knees for.

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